UNA ESTRELLA MENOR

 Lo mejor de la vida son
 Las ilusiones de la vida”
                                      BALZAC

 Bajaba presuroso por la calle Galiano vestido con mis mejores galas, la de los domingos, y el corazón de adolescente introvertido saltándome en el pecho ante el encuentro insólito que se avecinaba; un encuentro que presentía como feliz,  venturoso.

 Ese suceso tendría lugar a escasas manzanas de allí, en el Duplex, coqueto cine de la calle San Rafael y sería, nada más y nada menos, que con una actriz de cine,  con Ana Bertha Lepe, que en esos precisos momentos debía encontrarse en el vestíbulo, firmando autógrafos al público asistente al preestreno de su película “Qué Mujer” (Una producción española cuyas escenas iniciales transcurrían en La Habana) y a la que yo pretendía deslumbrar,  en un pueril reto personal, con mi verbo y  presencia.

 En la enorme timidez de mis pocos años, el cine había sido un refugio único,  maravilloso; también una escuela diferente donde pude aprender cosas “del mundo”, en infinitas horas de sesión continua  en los destartalados cines de barrio habaneros.

 Acaso por eso, todo aquel firmamento de “Estrellas deslumbrantes” me parecía una suerte de Olimpo, algo inalcanzable para mis posibilidades y, la sola idea de hallarme ante una de ellas -aunque fuera Ana Bertha Lepe, una estrella menor de una cinematografía menor como la mexicana- y poder intercambiar unas cuantas palabras me turbaba profundamente, a la vez que suponía una audaz aventura, una osadía, que esperaba afrontar con la mayor entereza posible.

   Los días que estuve preparando los pormenores de aquel encuentro me parecieron interminables, agotadores. Tenía que buscar las ropas adecuadas, ensayar una y mil veces, casi hasta el agotamiento, las palabras que le dedicaría emocionado, seguro, a la actriz. Repasar cada uno de mis gestos, los mejores movimientos, desde el simple saludo hasta el deseado beso. Todo estudiado con pulcritud. Necesitaba quedar plenamente convencido del triunfo, no había lugar para el fracaso.

  Ahora, ante la fachada del Duplex, todos mis planes comienzan a resquebrajarse, a diluirse como un terrón de azúcar al contacto  del agua. Me acerco a la taquilla. La mano me tiembla como una hoja de papel cuando saco del bolsillo el dinero de la entrada. Con voz débil, acierto a pedir, casi a suplicar una butaca, por favor a la empleada que me mira indiferente, mientras masca un chicle, sin sospechar el momento angustioso, atroz, que estoy atravesando. La hora crucial se acerca implacable. Tengo que luchar, me repito interiormente.

  El vestíbulo del cine está muy iluminado. La ocasión lo requiere. Hay profusión de fotos de la actriz y carteles multicolores anunciando su película. No me detengo en esas nimiedades, debo buscar con mirada rápida y nerviosa a mi objetivo principal: la Estrella. Ella, Ana Bertha Lepe.

 Pronto diviso, en un extremo del amplio vestíbulo, a un escaso grupo de personas que se arremolina en torno a alguien que no alcanzo a distinguir. Hacia allí encamino mis pasos. Las piernas, de repente, parecen no poderme sostener, al tiempo que intento repetir mentalmente aquellas frases aprendidas hasta el cansancio durante horas que robé al sueño, y que ahora, con estupor descubro que estoy empezando a olvidar. Trato de serenarme. Llego al círculo de admiradores y me alzo sobre los pies. Por encima de la gente logro ver a La Estrella que sonríe y saluda sin cesar.

 Efectivamente, Ana Bertha Lepe es bella, muy bella, más bella incluso de lo que había imaginado en mis fantasías nocturnas; con aquella melena cobriza cayendo como cascada sobre sus hombros desnudos, los ojos grandes y claros, sus labios gruesos y sensuales, pintados de un rosa pálido. Recobro las fuerzas antes de volver a mirar.  Ahora logro ver su cuerpo, enfundado en un vestido verde, quizá algo chillón, muy ceñido, con escote generoso, acentuando esas formas espléndidas y rotundas que en su día le abrieron, de par en par, las puertas al mundo del espectáculo. La hermosa visión me sobrecoge. Necesito un respiro.

  Junto a ella veo a dos hombres que la custodian, uno es bajo y calvo, muy elegante, sin duda debe ser el productor, acierto a pensar, el otro es joven y tiene un gran bigote, muy mejicano, y viste más informal, a este le asigno el papel de amante. Ambos están pendientes de ella, la miman, la protegen. Parecen dos leales cancerberos. Algunas personas se acercan y la saludan con deferencia, y ella, la mujer, la diosa, bajando de un pedestal inexistente les devuelve el saludo y les regala una foto y una sonrisa que es amplia y franca.  La escena me parece, sin serlo realmente, fascinante.

 No puedo perder más tiempo. Tengo que acercarme a la Estrella o morir.  Un sudor frío me recorre el cuerpo. Quizá el aire acondicionado me está haciendo daño, razono fugazmente. Por momentos creo que el corazón me va a dejar de latir. Mi cabeza es un caos. En un desesperado arranque de valentía logro abrirme paso entre el público y me coloco, repentinamente, ante la beldad que me mira sorprendida y sonriente como esperando el halago. Todo es inútil.  No puedo hablar, tampoco moverme. Una capa espesa e impermeable de timidez me recubre cruelmente, dejándome inerme en el momento ansiado. Pasan algunos segundos que parecen siglos.

  Haciendo un nuevo esfuerzo, logro esbozar una sonrisa y musitar entrecortadamente “yo… yo…quería…” Quemadas las naves vuelvo al silencio. He enmudecido nuevamente. Ella, la estrella-actriz-beldad-diosa-mujer me mira compasiva.  Sin duda ha entendido mi confusión de adolescente y eso le sirve de lisonja. Extiende su mano cargada de anillos y pulseras y me entrega una foto dedicada mientras dice gracias, gracias con suave acento mexicano. Aún estoy atónito, con la foto aferrada entre mis manos, como un tesoro, cuando la garra poderosa de otro admirador me aparta de la escena. Todo ha terminado.

 Con pasos perdidos, como un sonámbulo, entro en la sala de proyección. Inmerso en una nube de hermosos pensamientos permanezco hasta que se apaga la luz y comienza  la función. La visión de aquella película de manido argumento (Una chica educada en Norteamérica que vuelve a su pueblo de Castilla e intenta modernizar las costumbres del lugar) me ayuda poco a poco a recobrar el sentido, a regresar a la dura realidad.  Nada me atrae de este tedioso engendro, ni siquiera la belleza en technicolor de Ana Bertha Lepe, adorada estrella, con recatado vestuario, acaso por temor del director a las tijeras del censor, tan activas en la España de 1958.

 Perdido el interés en la película comienzo a elucubrar una vez más la forma y el modo de conquistar, ahora sí, a mi estrella.  Poco a poco voy perfilando un nuevo plan: será a la salida del cine, sin cancerberos ni público que interrumpan o coarten mis palabras.  Palabras que esta vez serán certeras, infalibles. El optimismo renace en mí nuevamente.

 Presumo que cuando la tenga subyugada con mi elocuencia, podría invitarla a cenar a un  restaurante, quizá “El Carmelo”, tan chic. Enseguida descarto  el proyecto. No tengo  dinero, sólo lo justo para regresar a casa.  Sin embargo, sí podría llevarla  al malecón, ahh el malecón, uno de mis lugares favoritos. Allí, en plena noche, arrullados por el mar, le diría… ¡tantas cosas! Después podríamos ir paseando hasta su hotel ¿dónde estará hospedada, en el Riviera o el Nacional? me pregunto. Como colofón: la despediría con un beso. Un beso ¡sí un beso! Perfecto. Un plan perfecto. La euforia me invade.

 Aun estoy inmerso en estas disquisiciones cuando me sorprende el final de la película y se ilumina la sala. Prefiero dejar que el público, siempre impaciente, se lance en avalancha hacia la puerta de salida. Necesito tranquilidad para llevar a cabo la nueva estrategia de seducción. Sobran estos incómodos testigos que en parte arruinaron, así lo creo entender, mi primera embestida. Pasan algunos minutos, probablemente demasiados minutos, y me lanzo al ataque.

 Cuando llego al vestíbulo, está desierto. Recorro con la vista todos los rincones sin encontrar ni rastro de La Estrella. De repente, una voz cercana, grave, me sobresalta: “¿busca algo, joven?”. Es el acomodador que ha seguido sus pasos, extrañado de    encontrarme por aquellos parajes solitarios. Busco a “la estrella, le respondo con cierto malestar. ¿La estrella, qué estrella? El tono del acomodador es de sincera curiosidad, aunque también advierto un deseo muy evidente: que me acabe de marchar. Cierra  con exagerada premura las puertas de la sala de proyección que aun permanecían  abiertas.

 Carraspeo levemente antes de volver  a inquirir, ahora con más firmeza, como tratando de impresionar al acomodador:

Estoy buscando a la actriz, a Ana Bertha Lepe

 La respuesta del empleado llega como una bofetada:

¡ah, la mejicana!  Esa se fue hace rato con… sus amigos.

 Esta vez sus palabras tienen un claro matiz despectivo, casi ofensivo, y me pregunto sin hallar respuesta cómo puede hablar así de una estrella de cine. La mirada escéptica del acomodador deja entrever sus pensamientos (“estos pobres niños, los muy imbéciles, siempre detrás de las artistas, el día que tengan que romperse el alma trabajando, como yo, no les quedarán ganas para estas tonterías”) Pensamientos que adivinao terribles. Este hombre merece una fuerte reprimenda, reflexiono, que le diga cuatro verdades bien dichas, por irrespetuoso; pero no puedo perder el tiempo en enfrentamientos inútiles, debo alcanzar la calle cuanto antes. Todavía, con un poco de suerte, puedo encontrar a mi estrella, la estrella menor que para mi no es menor, en las cercanías del “Duplex”. Allí, en plena calle, la cautivaría con un nuevo discurso, aunque estén presentes sus molestos amigos, los cancerberos, aunque el reloj inflexible anuncie que mi permiso, el permiso de todo joven quinceañero, expira a las diez de la noche.

 

 JORGE MORENO CEJAS.

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