UN DIA: EL LUNES

Todos lunes, a las diez de la mañana, mi paz matinal de jubilado solitario y algo perezoso, se ve drásticamente interrumpida con la llegada de la asistenta. A esa hora ya estoy  duchado y he desayunado, por tanto, llevo casi una hora en esos pequeños trajines. Después de los saludos y demás formalidades, dejo por tres horas, mi reino de 40 metros en manos de Mari Ángeles, que así se llama la asistenta, para que actúe a sus anchas, sin estorbos, en la limpieza del lugar. A la una de la tarde volveré al nido.

 Casi siempre suelo tener pensada alguna actividad que ocupe el tiempo que debo permanecer alejado de mis dominios. Esta mañana, por ejemplo, dirigí mis pasos hacia el  FNAC de Callao, con la intención de buscar un libro, Dos Crímenes, de Jorge Ibargüengotia, cuya reseña leí en el Babelia del sábado. Me gusta este autor mexicano, tempranamente fallecido en accidente aéreo, que ahora se ha convertido, por obra del caprichoso azar (y muy merecidamente) en un escritor de culto.

 Desde mi casa hasta la librería el paseo se antoja, a esa hora de la mañana, agradable. La Plaza del Humilladero, Cava Baja, el Arco de Cuchilleros, la Plaza Mayor, Sol, Preciados, van desfilando ante mis ojos como algo nuevo, un descubrimiento de calles y lugares que realizo cada semana con igual fascinación. Me recreo en este caminar sin prisas, viendo  el ajetreo de los repartidores de víveres y bebidas, los barrenderos, las señoras con los perritos, el vendedor de la Once. Después, cuando estoy llegando a mi destino, disfruto del placer de saborear un buen café mientras ojeo el periódico en un bar de la calle Mayor. En esos momentos, créanme, soy una persona feliz.

 En el FNAC malas noticias: El libro buscado no aparece. Pregunto a una empleada, que, diligente,  explora en el ordenador: Lo siento, señor, el libro está agotado –me responde. Le comento que si esperan otra remesa en pocos días, ella se encoge de hombros como dándome a entender que tal cosa se escapa a su  saber. Para aprovechar la visita cojo de una estantería un libro de Paul Bowles, Palabras Ingratas, y me encamino a la pequeña salita de música y lectura. El libro es una suerte de pequeñas vivencias del escritor en diferentes lugares del mundo. Interesante. Una hora me paso inmerso en su lectura. Recuerdo, de repente, que debo volver pronto a casa, olvidé  pagarle a la asistenta.  ¡Ay, estos olvidos y despistes míos! 

 A poco de iniciado el viaje de regreso me tropiezo en La Puerta del Sol con Charo, una buena amiga que hace algún tiempo no veo. Besos, saludos, palabras. La mejor forma de celebrar el encuentro y contarnos las novedades es irnos a tomar unos vinos a Malaspina, una tabernita del cercano callejón de Cádiz. Allí, al calor de la charla y los vinos, el tiempo pasa fugaz. Tan fugaz que cuando miro la hora me doy cuenta con horror de que apenas me quedan diez minutos para llegar a casa y abonar el sueldo a la buena de la asistenta. Me despido con urgencia de mi amiga y emprendo una carrera veloz a  casa con la esperanza de llegar a tiempo. Misión imposible. Cuando meto la llave en la cerradura de mi apartamento el reloj marca la una y media. Mi carrera ha sido en vano ¿en vano? ¡Craso error! En la mesa de la cocina, una nota de la asistenta reza lo siguiente: “gracias por los  cinco euros de me dejó de más. Todo un detalle”

Mi pobre cabeza, una vez más, me había jugado una mala pasada.

 

JORGE MORENO

2 febrero 2010

 

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