LOS TEMIDOS SESENTA O INÚTILES REFLEXIONES

 Teme a la vejez, porque nunca viene sola
Platón

         Se acerca mi cumpleaños, una vez más oiré aquello de “cumpleaños feliz”, la famosa cancioncilla que nos regalan en cada aniversario. Otro año, el cincuenta y ocho, que cae como pesada losa sobre esta cansada espalda. Y medito, con desasosiego, a la manera existencial de Pessoa, que se acerca el año sesenta de mi nacimiento. Un  número fatídico. Temido. La tercera edad, con sus ventajas sociales (que se las regalo a cualquiera) a tiro de piedra, a dos años vista, como quien dice al doblar de la esquina, y pregunto: ¿Cuándo comienza la vejez con mayúsculas, la real, la del hundimiento absoluto? Ciertamente, no logro imaginar cuál será el primer signo externo (ya tengo asumidas, por supuesto, las canas, arrugas y vista cansada, colesterol y hasta los molestos espolones), la señal inequívoca de que este acontecimiento ha llegado. Inútiles reflexiones.

         Algún amigo lleno de buenas intenciones me aconseja el ejercicio físico y la dieta equilibrada como remedio eficaz para retardar este fenómeno, por demás ineludible. Retardar, sí, pero cuánto tiempo y a costa de qué sacrificios: Sexo, poco o nada; alcohol y grasas, cero. Así comienza la receta mágica que sin duda continúa con otras tantas prohibiciones. La realidad es nacer y morir, reza un famoso bolero – ¡Ay, siempre los boleros! – y añado otra  dura verdad a la letra de esta canción: ¡y envejecer!

         Envejecer, además, ominosamente. Resignación puede ser la palabra clave, pero tan resignada consideración no termina de gustarme. Vuelvo, entonces, al punto de partida sin encontrar salida alguna. Inútiles reflexiones, insisto. Por eso, mientras llega lo que ha de llegar, disfruto (cada vez en menor medida) de los placeres que permite esta antesala de la decrepitud, donde todavía anidan deseos inconfesables, pasiones dignas de un mancebo.

 

 

JORGE MORENO
Madrid, abril de 2000

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