LA VISITANTE

 

 

paloma

 

Si a tu ventana llega
Una paloma
Trátala con cariño
Que es mi persona
          Canción popular
 

A finales del otoño el sol que baña mi balcón es suave como una caricia. Día a día va perdiendo fuerza, luminosidad, en un proceso no exento de melancolía. Durante la convalecencia contemplé ese cambio paulatino desde el lecho, con la curiosidad del principiante. Un principiante en los misterios cotidianos que la urgencia de la vida te impide saborear. Tres meses duró aquel estado de postración. Todo el otoño.  Preferiría ahorrarles el penoso capítulo del accidente. Solo quisiera añadir que fue motivado por la distracción (mal casi congénito, causante de tantos problemas)  que, afortunadamente, no dejó secuelas importantes; si acaso, un ligero crujir en los huesos cuando se acercan las lluvias.

Cierta mañana mataba el ocio obligado con una lectura bastante frívola, La Vida de Rita Hayworth, libro menor que meses antes había rescatado, por veinte duros, de una pila enorme de libros viejos en los arrabales del Rastro madrileño. Leía con morboso interés  el capítulo dedicado a los esponsales de la actriz con el príncipe Ali Khan. Matrimonio desigual que contó con la oposición de la familia del novio. Cannes era el escenario de aquella boda con aires de cuento de Las Mil y una Noche, donde las estrellas de cine y los príncipes destronados se reunían en feliz comunión. Leía, digo, con morboso interés cuando un ligero aleteo  proveniente del balcón atrajo mi atención. Era una paloma y descansaba en la barandilla iluminada por el tenue sol. Pude verla bien a pesar de la puerta de cristal que nos separaba; tenía un plumaje gris perla muy peculiar y parecía mirarme con detenimiento, como si descubriera un personaje nuevo en el paisaje. Me incorporé en la cama y le devolví la mirada con igual cuidado. Al fin y al cabo era la primera visita que recibía (salvando la   diaria y obligada de la enfermera que me atendía) en varias jornadas. Después de un minucioso reconocimiento, la visitante emprendió el vuelo.

Al otro día, casi podría asegurar que a la misma hora, volvió la paloma al mirador. Supe que era ella por el plumaje gris perla. Una hermosa tonalidad que no me es indiferente. Golpeó con el pico  el cristal de la puerta varias veces; parecía reclamar algo con urgencia. Deduje que podía tener hambre y  buscaba alimento. Nada podía hacer por ella, la invalidez que soportaba impedía cualquier auxilio. A los pocos minutos, voló camino del cielo.  Entre las baldosas, como un insólito regalo, dejó una pluma abandonada. Cuando vino la enfermera, le pedí que antes de marcharse arrojara algunos granos de arroz en el balcón. Sin sospecharlo, ese fue el comienzo una bella amistad. Regresó al amanecer del tercer día con la misteriosa puntualidad de las aves. Y  comió ávida y confiada aquel maná milagroso; parecía feliz. ¡Cuánto bien puede hacer un puñado de arroz! Después, movió las alas repetidamente, con ruido, y desapareció. Intuí en aquel aleteo insistente una señal de agradecimiento.

Desde entonces mi vida de enfermo aburrido cambió de forma radical. Cada jornada, el retorno de la torcaz solitaria rompía la lenta monotonía de las  horas vacías, llenaba ese tiempo muerto y sin brillo. Por el placer de verla comer, convertí en quehacer primordial el procurar su alimento. Una mañana, aprovechando que la enfermera había olvidado cerrar la puerta del balcón, se aventuró a dar unos cortos pasos por la habitación como inspeccionando el terreno, y después de mirarme muy fijamente emprendió el retorno. Siguió entrando cada mañana, también continuó avanzando en los recorridos.

 Del suelo pasó a la cama y de la cama al hombro; comprobé con gozo que le gustaba comer de mi mano y descansar entre las sábanas blancas. Hizo de la estancia su reino particular. Allí se sentía segura y protegida, amada. Fueron unos días -¡qué contradicción!- muy dichosos. Pero todo llega a su fin: el otoño, la convalecencia, aquella reclusión. Regresé con ímpetu a las tareas habituales. En poco tiempo trabajo volvió a absorberme, y  las amistades, que me habían abandonado en los momentos difíciles, llenaron el escaso tiempo libre. Confieso que olvidé a mi amiga, la abandoné a su destino incierto, con toda la ingratitud que los humanos sabemos dispensar. Ni siquiera traté de verla o buscarla. Alguna noche, eso sí, en la soledad de la cama vacía, su recuerdo  turbó mi egoísmo por breves momentos. Nada, poca cosa, una gota de agua en el mar. La actividad diaria con sus exigencias había  conseguido borrar, con esmero, las delicadas huellas de mi compañera.

Ayer, cuando cruzaba sin prisas la plaza Mayor, vi como una bandada de palomas rodeaba  a una viejecita sonriente. Me acerqué a contemplar la escena. La anciana repartía con generosidad migas de pan entre el revuelo de las aves. Busqué sin proponérmelo  a la visitante de hermoso plumaje  gris perla. No la encontré. ¿Por qué iba a estar? Sabía perfectamente que a ella no le gustaban las multitudes, que prefería los balcones solitarios, mejor si están bañados por el templado sol de otoño, donde el azar le podía  reservar agradables sorpresas; acaso unos granos de arroz o una puerta entreabierta.

 

 JORGE MORENO