LA SOMBRA DIFUSA

GATO NEGRO

Los animales son los mejores amigos,
No hacen preguntas ni critican nada
                                        Mark Twain

  Llegó como una sombra hace más de dos años. Fue una noche calurosa de julio cuando lo divisé en un rincón del sofá; era una mancha oscura, con vida, en la penumbra del salón. Recuerdo que no pude evitar un sobresalto ante aquella presencia extraña, inesperada. Mi actitud debió asustarlo. Huyó. La noche siguiente volví a verlo. Esta vez reposaba tranquilo, como un soberano, en el alféizar de la ventana del dormitorio. Me limité a espiarlo de lejos, desde el refugio confortable de mi cama, con una curiosidad no exenta de temor supersticioso y secular…. ¡Un gato negro!

Así estuvo visitándome varios días, siempre al anochecer. Confieso que me fui acostumbrando a esa silenciosa compañía, a su mirada. La mirada misteriosa y penetrante de los gatos. Hasta que una noche, sin pedir consentimiento, el animal decidió adoptarme. El nuevo compañero, un felino sin raza definida, llevaba sobre su cuerpo los estigmas de una vida azarosa y nómada. Tristes huellas de un pasado que me propuse borrar cuanto antes. Cuidé con esmero las heridas profundas y viejas,  espanté de su cuerpo los parásitos que le agobiaban. La buena comida hizo el resto.

 En poco tiempo las atenciones dispensadas le transformaron en un gato hermoso. El negro pelaje adquirió una brillantez insospechada y su mirada se tornó confiada. Se sentía seguro en su nuevo hogar. Aceptó de buen grado el nombre que le impuse, Rocco, modesto homenaje a Viscontti  y su película memorable; también admitió el collar liso y rojo con un pequeño cascabel. Los gatos suelen ser pacientes y comprensivos con sus amos.

 El paso del tiempo nos fue haciendo inseparables; el felino buscaba mi regazo cuando me veía entregado a la lectura en mi sillón favorito o corría feliz a la cama al ver los preparativos para el descanso. A mi llegada del trabajo siempre le encontraba puntual y cariñoso junto a la puerta. Su compañía se convirtió en un bien necesario. Rocco, empero, hacía esporádicas escapadas nocturnas, quizá en busca de la libertad perdida o indefenso ante el reclamo de la hembra.

 Volvía al día siguiente con aire inocente, como pidiendo disculpas por su extravío, por la ausencia. A veces traía consigo alguna magulladura, la marca indeleble de su aventura. Una noche aciaga, de Luna llena, se fue y no regresó. En vano le busqué por los alrededores, indagué aquí y allá, coloqué carteles con su foto por el barrio. Nada. El silencio fue la única respuesta que obtuve.

 En estos tres meses de ausencia, mil conjeturas han cruzado por mi cabeza tratando de encontrar el motivo que lo alejó de mi lado ¿Acaso se extravió por sinuosos caminos tras una gata seductora? ¿Murió en una trifulca de gatos? ¿Fue atropellado por un coche asesino? Entre éstas y otras vagas hipótesis hay una que me asalta cruelmente: ¿Habrá encontrado otro amo? Alguien más solícito que yo, más atento a sus delicadas caricias. Siempre termino rechazando esta posibilidad que reviste caracteres de tortura, de injusta culpabilidad. Sospecho que nunca sabré la verdad.

 El tiempo pasa como bálsamo implacable y vuelvo a encontrar distracción en la lectura, la buena música, en la soledad. No obstante, noche tras noche, al irme a la cama dejo entornada la ventana de mi dormitorio con una secreta esperanza. Tal vez, una madrugada cualquiera vuelva a sobresaltarme una sombra difusa, la sombra querida y esperada de Rocco.

 

JORGE MORENO

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