KIRA

K Y R A 

Cuando ella llegó a mi vida  estaba desolado. La repentina muerte de Nina, mi anterior compañera, era todavía demasiado reciente y no buscaba en la sustitución de los afectos la cura a mi tristeza. Nina había sido tan bella como irascible, justo es reconocerlo, como también reconozco su habilidad para marcar las distancias y dosificar mi compañía -creo que le molestaban los excesos, incluso los excesos de amor. No obstante, la quise mucho, y nuestra relación de cinco largos años fue un bálsamo agradable en los duros tiempos que nos tocó vivir y compartir.

Por eso, la llegada de Kira, mi nueva gata (sí, me estoy refiriendo desde el principio  a esos hermosos animales), no fue saludada con la debida alegría, con el lógico interés, a  pesar de ser el caro regalo de unos buenos amigos deseosos de mitigar mi pena. Kira, siamesa de rancia estirpe, supo desde muy pequeña -llegó a mis manos al mes de nacida- cómo ganarse mi cariño, desbancando rápidamente el recuerdo de la otra. En poco tiempo quedé subyugado, sometido al encanto de sus caricias, de su agradable compañía;  también de los celos, pues no soportaba compartir con nadie mi afecto y la sola intuición de una visita, podía alterar su paz. Pocas personas lograron, con enorme esfuerzo, atraer totalmente su favor.

Recuerdo muchísimas anécdotas de ella, sin embargo temo que la pasión nuble  mi objetividad y al narrarlos exagere hechos que fueron entrañables para mí; sólo me gustaría añadir que actividades caseras  triviales (barrer, hacer la cama, cocinar, comer), adquirieron a su lado un carácter de fiesta y regocijo muy agradables. Así  fueron los cinco años y medio que pasamos juntos, una continua fiesta y un inmenso regocijo. La hostilidad de la calle, la crispación del trabajo y la precariedad de mi vida afectiva, encontraron compensación en su compañía, convirtiendo como por ensalmo mi modesto apartamento en un refugio cálido y placentero.

Debo hacer una rectificación: con la pérdida de Nina no quedé desolado como afirmé al comenzar estas líneas.  Sólo estaba entristecido, lógicamente entristecido por la ausencia de algo querido y cercano. La desolación y lo que es peor, la confusión, me ha llegado ahora con la muerte de Kira, mi leal Kira, ocurrida en la negra madrugada del 2 al 3 de Enero, sin enfermedades que hicieran presagiar ese fatal desenlace. La dimensión de su cariño es ahora más palpable con su ausencia, con esta soledad que me cerca de forma implacable.

Estoy seguro que podré superar su falta, que quizás muy pronto el olvido se trague mi dolor, este abatimiento que me hunde, y antes de que eso ocurra quiero brindarle este sencillo In Memoria, pálido reflejo de su amor y de mi amor.

 

 Jorge Moreno Cejas
Madrid, febrero de 1995