ELLOS; LOS DOS

Vivir sin amigos no es vivir
                                          Cicerón 

Míralos, allí están, tal como sospechaba, los dos, el joven y el viejo, en el rincón de siempre del bar, conversando sin parar, como suelen hacerlo, hablando y hablando, ajenos a todo, sin aburrirse,  y de paso bebiendo, como cosacos, empinando el codo sin miseria, como si el alcohol les animara, les diera fuerzas renovadas para  seguir, para no desmayar, para no terminar…

Y usted se preguntará con razón ¿de qué hablan? pues hablan de todo, de cine principalmente, que de eso saben bastante, de Buñuel, que fue un genio; de Cameron; de Tarkovki, tan desdichado el pobre; del Indio Fernández y su mal humor;  de Tarantino; de los Coen y lo mal que lo están haciendo ultimamente; de Jim Carrey, el mejor actor; de Scorsese; de Lynch; de Carpenter y su grandeza;  de Coppola, el enorme Coppola; de Malick, grande entre los más grandes, de Alan Ball y su maravillosa serie; la lista continúa hasta aburrir a quien los oye, como hago yo, a veces, cuando me los tropiezo, como hoy, y no tengo nada mejor que hacer que escucharlos a hurtadillas.

Del cine suelen pasar a la  literatura, que a los dos les gusta escribir, más al joven, que joven al fin está en plena ebullición y según tengo entendido no lo hace nada mal. El viejo escribe poco, está cansado, ahora ejerce de vago, y este aserto no es un infundio mío, él mismo lo proclama, que yo lo he oído. Comienzan por Vallejo, el colombiano, no el español, que les gusta porque es un provocador, muy ingenioso, divertido, aunque reiterativo; siguen con  Borges, que a fin de cuentas no ha escrito tanto, dicen, pero tiene buenos cuentos, casi clásicos, y hermosos prólogos, como uno que le dedicó a María Kodama; de Poe, el grande; de Cioran, el filósofo rumano, que tiene frases demoledoras, lapidarias; después continúan con la Yourcenar, siempre maravillosa, con esas memorias de Adriano únicas…

¿Y no paran nunca? preguntará usted con buena lógica, pues mire, solo hacen un alto  para ir al servicio, o pedir otra copa al camarero: “por favor, un whisky con cocacola y una ginebra con limón” que es lo que toman casi siempre. Luego, ya metidos en alcohol, hablan de  la amistad,  ese tesoro, que según el viejo, es un reto en el caso de ellos, por la diferencia de edad y de gustos, pero el joven protesta, dice que no, que eso no importa, que no es obstáculo, y se dan un abrazo, largo, sentido, y vuelven a la charla. De repente, como si entraran en territorios prohibidos bajan la voz, tanto que no puedo oírles y me quedo sin saber qué coño están hablando, aunque llegan ecos, palabras sueltas, como: sicología, pareja, amor, amistad, soledad, pero me es imposible hilvanar una frase, un algo coherente, aunque intuyo por los gestos que hablan de cosas hermosas, valiosas, y entonces comprendo que estos dos amigos se quieren bien, que hay complicidad, y hasta siento envidia, una sana envidia, no vaya usted a pensar mal, por ese afecto entrañable que se profesan.

 Y me maravillo de que en los tiempos duros que vivimos aun queden personas que valoren ese sentimiento tan humano como misterioso: la amistad. Y pienso que bien vale la pena  tanta palabrería (¡y tanto alcohol!) si sirve para unir, para entenderse mejor las personas. Poco después, algo cansado, pago mi cuenta y me marcho, siempre con la secreta esperanza de volver a coincidir con estos dos seres tan especiales.

JORGE MORENO
Noviembre 2012

Anuncios