EL RITO

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La cita es siempre en domingo; el domingo a las tres de la tarde. En la pequeña y recoleta plaza del Humilladero. Se reúnen allí convocados por una causa musical. Es un grupo numeroso, cada vez más numeroso. Van a revivir un rito musical que los alejará de la realidad durante algunas horas. El oficiante es un negro cubano llamado Cristian; nada menos que Cristian. El instrumento un bongó que no dejará de sonar hasta la caída de la tarde. Priquitiprá, priquitiprá, priquitiprá, prá, prá, prá. Mientras el grupo va creciendo al calor del son y la bebida. Priquitiprá, priquitiprá, priquitiprá, prá, prá.

Ahora es una multitud la que canta y baila, y bebe, y sigue cantando y bailando, y bebiendo. Ríen y gritan como posesos, como seres animados por una extraña locura que va in crescendo por momentos. Priquitiprá, priquitiprá, priquitiprá, prá, prá. De pronto, un chico rubio con vestimenta de tardo-hippie, que bien podría ser sueco o irlandés, se lanza al breve ruedo y baila trastornado una rara danza, le sigue los pasos una mulata de cintura cimbreante y cuerpo rotundo moviendo las caderas con una cadencia que atrae todas las miradas y los fervores. Poco después se suma al grupo un españolito con pinta de Ché Guevara revivido. El público ronda el paroxismo. El alcohol corre abundante por las jóvenes venas. Asoma alguna bronca. No pasa nada, están hermanados. El bongó sigue frenético. Priquitiprá, Priquitiprá, Priquitiprá, prá, prá. De repente, todos alzan las manos en una plegaria insólita y pagana. Se agitan los cuerpos, sudan, gozan. La promiscuidad es total y sugestiva.

Pasan las horas. Los jóvenes dioses acusan el cansancio, también el negro oficiante. Están exhaustos. Comienza la retirada. Cae pronto la tarde, es otoño. La plaza mínima está vacía, mejor desolada. Quedan, como restos de una batalla, las botellas de vino y cerveza, comida y basura en abundancia. El acre olor de la orina inunda el lugar. A lo lejos, Cristian y la mulata de fuego arrastran el tambor camino del Metro. Una vecina abre el balcón y certifica la muerte incruenta de la fiesta. Respira aliviada, sabe por experiencia que pasarán siete días, siete, para que vuelvan la música y el bongó. Hasta entonces, la paz reinará en este rincón de los Austria.

  


JORGE MORENO

 

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