UN FAROL EN LA VENTANA

 
A Mary Esquivel, mi pequeña estrella
 

Mary Esquivel

PREFACIO

 Cierro los ojos y después de tantos años todavía la veo, a media luz, enfundada en un ceñido traje de noche con  escote de vértigo y abertura liberadora del  muslo carnoso, recostada al piano trágico de Agustín Lara  susurrando con voz cálida el bolero Te Odio y Te Quiero con tal pasión que haría sonrojar a Félix B. Caignet, su autor, en una escena llena de sensualidad  elemental de aquella película mediocre cuyo título no logro recordar, y que un día inolvidable visioné en el “Maravillas” habanero. Es ella, Mary Esquivel, pequeña diva  del cine mexicano de los años cincuenta. Tercera musa (y esposa) del denostado Juan Orol, aquel gallego de El Ferrol, de tintes a veces geniales y  a veces ridículos,  pigmalion infatigable, director y creador de fantasías baratas para un público (y una cinematografía) sin grandes pretensiones ni exigencias. Mary Esquivel, mulata clara de cuerpo ondulado (Acaso algo  rellenita y baja de estatura para el gusto de hoy), de labios gruesos y  mirada  sugerente y algo estrábica. Todo un Sex symbol  del tercer mundo.  Rumbera, vendedora de flores, bruja exótica, mujer siempre disputada,  en tantas películas que su marido y otros  directores hicieron para ella en algo más de diez años llenos de gloria efímera.

 Dicen, a mí no me lo crean, que Orol “la descubrió” en un Cabaret del barrio de Luyanó, en La Habana frívola y luminosa de los cincuenta, una noche fiera llena de alcohol, y que allí, fascinado ante el hermoso hallazgo y pleno de felicidad etílica le juró convertirla en estrella de cine,  promesa que cumplió cabalmente (como cumplió en su día, con María Antonieta Pons y Rosa Carmina,  beldades pasadas, sus otras esposas); dicen, también, que aquella noche habanera terminó en amanecida entre las sábanas blancas del hotel Riviera, frente al mar antillano, el mejor testigo  de aquella pasión repentina, loca. Chismes aparte, lo cierto es que nuestro hombre, terminada su relación artístico-sentimental con Rosa Carmina, buscaba desesperadamente una joven con “inquietudes artísticas” a la que  convertir en luminaria de “su cine prostibulario, gansteril y  cabaretero”, dicho esto con las ácidas palabras de un crítico mordaz de la época. Sin duda, esa noche frenética, Juan Orol encontró lo que buscaba: Mary Esquivel.

EL FAROL EN LA VENTANA

 La primera película que el director-productor-actor hizo  para su nueva joya fue Un Farol en la Ventana, filmada íntegramente en Cuba (más específicamente en Cojímar, localidad  cercana a La Habana) con artistas cubanos, entre ellos Néstor Barbosa, que más tarde haría carrera en el cine mexicano. El argumento del filme era muy sencillo, una pobre excusa para que Mary Esquivel luciera su belleza, esas curvas rotundas en un escenario supuestamente tropical (en el colmo del despropósito, la actriz aparece en una escena con un… ¡Sarong!, como un remedo criollo de la inolvidable Dorothy Lamour) por la playa de  Cojímar, convertida en una suerte de Honolulú por la magia de Orol. La película, que se estrenó en el circuito de la Pelimex,  es decir, los cines Fausto, Reina, Cuatro Caminos, Olimpic, Florencia y Santos Suárez, pasó con más pena que gloria. Este tropiezo no desanimó al porfiado “realizador”, que marchó a México del brazo de su protegida (ya convertida en esposa) para rodar dos nuevos filmes, Plazos Traicioneros y Te Odio y te Quiero, vehículos hechos para lucimiento casi exclusivo de la joven promesa, que todavía no era estrella, acompañada en el reparto por conocidos actores mexicanos. Poco a poco el rostro de nuestra musa Oroliana fue haciéndose popular, discretamente popular. Otros productores reclamaron su presencia en películas como Mujer en Condominio y Los Salvajes; esta última, del director Rafael Baledón, fue presentada en Cannes. Allí recibió un clamoroso abucheo por parte del público, mientras que el jurado le dedicó una  crítica totalmente demoledora. Por supuesto, volvieron a México sin ningún premio. 

El Certamen, empero, le permitió a la Esquivel codearse con las grandes estrellas del cine internacional de aquellos años. La  pareja dispareja volvió feliz de Francia a pesar del evidente fracaso. Para la siguiente película de Mary, el infatigable Orol decidió quemar sus naves en una súper producción, haciendo uso,  por primera vez, del color y el cinemascope;  en ella, la actriz, en plan “nativa salvaje”, podría moverse ligerita de ropas por la selva de atrezzo de los Estudios Tepeyac, de México. El título del nuevo engendro seudo-exótico y coloreado era revelador: Zonga, El Ángel Diabólico. El argumento tenía su origen en un  comic de mucho éxito; esto redundó en beneficio de la película. Al fin, el director de las multitudes – así se hacía llamar – volvía a encontrarse con la taquilla, después de tantos fracasos. Un balón de oxígeno para su productora EspañaSonoFilm de México. Mary Esquivel comenzaba a brillar con cierta intensidad.

 EL REGRESO

Animado por el éxito el matrimonio volvió a Cuba, a mediados de 1958, para filmar otra película (aprovechando, todo vale, algunas escenas de El Farol en la Ventana),  de ambiente una vez más tropical y exótico, con algo de Cabaret, que no podía faltar. Se tituló Thaymí. Por supuesto, Thaymí era Mary Esquivel. Como compañeros de reparto Orol contrató a Rubén Rojo, el galán por antonomasia  de Ninón Sevilla en tantas películas, y a Armando Calvo, actor de carácter (protagonista, con Sara Montiel, de El Ultimo Cuplé) que, probablemente, atravesaba un importante descalabro económico, pues sólo así puede  entenderse que  aceptara esta colaboración que poco o nada aportaba a su carrera artística.  No desanimó al impenitente director y productor el ambiente pre-revolucionario que se respiraba en la isla. Tampoco que su estreno coincidiera, meses después, con el triunfo de la Revolución,  en aquellos ilusionados  días de enero del 59 (en la propaganda que se hizo para el estreno del filme rezaba la siguiente frase: “primera película cubana que se estrena después del triunfo de la Revolución”, y el crítico René Jordán, irónico y cruel, apostilló en su crónica semanal de Bohemia: “pero artísticamente es el pasado régimen”).

 Este cronista estuvo presente en el cine Reina la noche del estreno. Un estreno “de lujo” que contó con la asistencia de  Juan Orol y Mary Esquivel, además del locutor Rosendo Rosell (que tenía un breve papel en la cinta) que actuaba como maestro de ceremonia, y otros artistas cubanos que también intervenían en la misma. Recuerdo a Rosell lanzando elogios imposibles a diestro y siniestro en una sala semivacía,  y a Orol, emocionado declarando solemne: “ahora, con estos nuevos  aires de libertad, haré más películas en Cuba”. Un espectáculo patético. Tristísimo. Un mes más tarde, el dúo Orol-Esquivel  se marchó de Cuba para no regresar jamás.

Cerrado el capítulo cubano, el realizador y su estrella pusieron sus ojos en España (Orol también probó fortuna en la península con su musa anterior, Rosa Carmina,  en dos películas que nada aportaron a su carrera); el director Manuel Mur Oti, nada menos que don Manuel Mur Oti, casi una institución en España, fue el cómplice elegido (y la víctima) para esta nueva aventura que se tituló Duelo en la Cañada, drama de época, donde Orol únicamente coproducía. Aquí, la Esquivel, era una  inocente cantante de mesón (la oportunidad de oro para un número casi cabaretero en pleno siglo diecinueve) que por azares del guión se  veía envuelta en un crimen no cometido, y  terminaba, después de una cruenta pelea entre el galán Javier Armet  y el malo-malísimo de la película  por causa de su honra, en los brazos del  joven terrateniente, en un hermoso cortijo andaluz. Todo un rancio y aburrido melodrama. Tres décadas más tarde, en la Filmoteca española, pude oír de labios del propio director Mur Oti, algunas sabrosas anécdotas del rodaje, cuando éste se desesperaba con la actriz, pidiéndole, en vano, que abandonara su postura hierática y pusiera realismo en las escenas o  cuando Orol, olvidando la tenaz censura franquista, exigía que los trajes de su mujer fueran más atrevidos, con un escote más generoso. Aquella filmación fue para el veterano director punto menos que una Odisea.

LA RUPTURA

 Los diversos avatares no fueron obstáculo para la singular pareja; ellos siguieron filmando, primero  en México, y cuando los problemas con el STPC mexicano (Sindicato de trabajadores de la Producción  Cinematografía) se hicieron insalvables, en Puerto Rico y  Miami. Inasequibles al desaliento y  ajenos a toda realidad. Así continuaron hasta que en 1963 decidieron divorciar sus afectos e intereses y cada uno seguir su camino. Poco después, el cine mexicano perdió una estrella, o mejor dicho, una estrellita. Mary Esquivel se retiró de los focos y el celuloide. Al sexagenario Orol, en cambio, le quedaron arrestos  para  una cuarta musa, Dinorah Judith,  la estrella del ocaso, que siguiendo el camino de sus antecesoras también se convirtió en esposa, la quinta y postrera esposa, del polémico realizador, pero esa es otra historia.

 SILENCIO

Durante mi último viaje al D.F. mexicano, en 1996, busqué inútilmente algún rastro de aquella belleza tropical que acaso turbó los sueños de muchos adolescente habaneros. Nada. Una gruesa capa de silencio y olvido cubría el nombre de aquella musa  tropical.

Ahora vuelvo a cerrar los ojos y todavía la veo, sensual y provocativa, con un sesgo inocente en su mirada  (Sí, inocente, a pesar de todos los pesares) y me pregunto dónde estará refugiada, qué casona de El Pedregal de San Ángel o de las Lomas de Chapultepec, del D.F., guardará los restos, que no los despojos, de aquella cubanita ilusionada que una noche loca encandiló, dicen, a mi no me lo crean, en un cabaret de Luyanó al ferrolano díscolo y múltiple, aquel Orol infatigable creador de estrellas fugaces. Y una vez más, en la soledad de mis recuerdos, evoco el farol, que allá en Cojímar,  iluminó por unos años la vida de Mary Esquivel.

 

JORGE MORENO

P.D.

Mary Esquivel falleció el  30 de junio del 2007 en la ciudad de México, a los 73 años

 

 

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