EL ENEMIGO EN LA NOCHE

Nada es tanto de temer como el temor
Thoreau

Moraba en aquel sueño con esa extraña felicidad que a veces produce la nada. La nada absoluta. De repente, una brisa fría e insólita rozó mi rostro. Salté del sueño a la realidad con la sorpresa retratada en mis ojos todavía dormidos. Vano sobresalto. La negrura de la noche me impedía ver la realidad que me rodeaba. El silencio era sobrecogedor.

Inmóvil, con el miedo como coraza, pensé que los Hados querían gastarme una broma pesada, que pronto, muy pronto, ese momento terrible sería solo un recuerdo vago, menos aun, ni siquiera un recuerdo. Tal razonamiento, empero, no logró tranquilizarme.

Los minutos pasaban implacables, sospeché que en cualquier momento la tragedia podría precipitarse sobre mí. En un  intento que juzgué útil me persigné mentalmente, como quien recurre a una protección divina, a un conjuro eficaz. Elucubré  que si lograba vencer el miedo que me atenazaba, con un gesto rápido podría encender la luz y terminar con esa situación ridícula, sabría, en el peor de los casos a qué atenerme, conocería a mi enemigo si así fuera.

Ante esta posibilidad, la del  enemigo cruel en medio de la noche, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Y así, atrapado por la cobardía, víctima de mi mismo y sin saber qué hacer dejé pasar el tiempo, un tiempo imposible de calcular, hasta que me venció el cansancio y casi sin notarlo se abrió de nuevo la puerta del sueño.

 

JORGE MORENO
Mayo del 2009